Vida de los Santos

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El 30 de mayo
  

Santa Juana de Arco

Virgen y mártir
(1412-1431)

Santa Juana de Arco
Santa Juana de Arco
O.D.M. pinxit

Estamos ante una mujer verdaderamente extraordinaria. Dios la había elegido para que con su valentía de joven adolescente confundiese el arrojo de los hombres más maduros.

Llena de inmenso dolor, en la cárcel y cargada de cadenas, gritaba poco antes de morir abrasada en la hoguera a la que la iban a arrojar por hereje, y sin embargo, ella, en aquellos sublimes momentos que no se puede sino confesar la verdad, gritaba: "¡Ay!, ¡ay! ¡Qué horriblemente me tratan! Este cuerpo que nunca fue corrompido va a ser reducido a cenizas. Apelo al tribunal de Dios, juez de vivos y muertos"... Volvió la calma a su espíritu. Pidió comulgar y a pesar de ser condenada a la hoguera por herética le permitieron hacerlo. Contradicciones de la vida. Después ella dirigiéndose a su confesor, que estaba a su lado para asistirla y fortalecerla le preguntó: -"¿Dónde estaré yo esta tarde?"- "¿No tienes esperanza?, le contestó el sacerdote". - "Sí, replicó ella, con la gracia de Dios, espero estar en el Paraíso".

Se abrió la puerta. Aparecieron unos soldados ingleses, la cargaron sobre un carro y la llevaron a la plaza. Estaba abarrotada de gente. Todos lloraban. Hasta el mismo Chauchón - el responsable de aquella condena - lloraba también. La ataron al mástil, prendieron fuego a la leña que había a sus pies y en medio de un profundo silencio sólo se oyeron sus tres últimas palabras: "Jesús, Jesús, Jesús", y un grito desgarrador. Aquel martirio de una joven de diecinueve años dejó huellas imborrables en las páginas de la más cruel historia.

Había nacido en una escondida aldea del nordeste de Francia el 6 de enero de 1412. Sus padres, labradores, Jaime de Arco e Isabel Romée.

Eran tiempos difíciles aquellos. Los ingleses querían apoderarse de toda Francia. La soldadesca entraba y salía por las aldeas y, unos a favor de Inglaterra y otros en contra, siempre estaban en continuos sobresaltos. La pequeña Juana era una niña normal. Quizá ni sabía leer ni escribir pero algo tenía profundamente grabado en su corazón: amaba tiernamente a Jesús y a María, cosa que había aprendido de su buena madre -su mejor educadora-. Comulgaba con frecuencia, cosa rara en aquellos tiempos, y se entregaba de lleno a los trabajos que sus padres le encomendaban como a cualquier otra jovencita de Domremy de su tiempo.

Un día se encontraba la joven Juana en el campo y oyó que de la Iglesia le llegaba una voz que le decía: "Hija de la Iglesia, ve, marcha". Miró a su alrededor y no vio a nadie... Y así una y otra vez. Hasta que un día se le apareció un elegante soldado -que era el Arcángel San Miguel- y le indicó lo mismo: "No temas, el Señor te tiene reservada una gran misión para liberar al pueblo". No hizo caso. Le pareció un sueño. Poco después fueron dos elegantes matronas - eran Santa Margarita y Santa Catalina - quienes le animan a que siga sus consejos. Ellas le ayudarán. Aquellas "voces" se hacen más frecuentes cada día. Le dicen que ella es quien ha de salvar a su pueblo esclavizado por los ingleses.

Supera toda clase de dificultades... Se presenta ante el mismo rey Carlos VII, a quien nunca había visto, y lo descubre. Los teólogos discuten aquellas visiones y "voces". Le hacen caso. Monta en un caballo. Siguen sus consejos. Va recorriendo las ciudades de Francia y venciendo a los ingleses. El mismo rey la admira y condecora... Pero se cambian las cosas y condenan a Juana por herética y hechicera. Se buscan testigos falsos y la "Doncella de Orleáns" es condenada a morir quemada en la hoguera. Muere inocente mientras dice con valentía: "Muero inocente por vuestra culpa. Si me hubieseis entregado a la Iglesia no me encontraría aquí". Murió mártir de la Iglesia y de su patria. Era el 1431.