Vida de los Santos

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El 27 de enero
  El 13 de septiembre

San Juan Crisóstomo

Obispo y doctor de la Iglesia
(344-407)

San Juan Crisóstomo
San Juan Crisóstomo

San Juan Crisóstomo nació en Antioquía el año 344. Su Padre, Segundo, era un guerrero belicoso. Su madre, es la mujer fuerte de la Biblia. Pronto muere su marido, y ella es la encargada de la educación del hijo.

A los veinte años ya sobresalía como orador y le comparaban con demóstenes. Juan acudió al obispo de Antioquía y pidió el bautismo. Después deseó imitar a los anacoretas y pensó retirarse al desierto de Sira.

Un día su gran amigo Basilio le visitó y le comunicó que querían hacerles obispos. Ellos se oponían. Llegado al día de la consagración. sólo encontraron a Basilio. Juan había huido al desierto.

Allí escribió diálogo sobre el sacerdocio. Distribuía su tiempo entre el estudio y la oración. Pero su voz, sublime no podía apagarse en el desierto. El patriarca Flaviano lo reclamó y volvió a la ciudad.

Sacerdote y ayudante de su obispo, se entrega al ministerio de la palabra, y se convierte en Juan Crisóstomo, el de la boca de oro. Predica a todas horas, ataca los vicios, exhorta, aconseja, deslumbra con su palabra.

Sus veinte discursos sobre las estatuas los publicó en un momento delicado. El pueblo se amotinó contra el emperador Teodosio. Teodosio pensaba castigarles duramente. El Crisóstomo serenó los ánimos.

Predicaba a toda horas. Pero no se contentaba con el entusiasmo pasajero de los oyentes. Quería ver el fruto, las obras. No admitía una respuesta sólo de palabras. No basta, dice, adornar el templo. ¿Qué te dirá Dios si no te has preocupado de atender a tu hermano?

El año 397 es nombrado patriarca de Constantinopla. Seguirá predicando contra las injusticias de la corte y de los poderosos, lo mismo ahora en el Bósforo que antes en el Orontes. Los vicios se encontraban con la protesta de su palabra, como un día harán Hildebrando y Tomás Becket.

Ante la debilidad del emperador Arcadio, se alzaba con todo el poder el ambicioso Eutropio, convertido en cónsul. El que se le oponía era eliminado, como el cónsul Primasio y su hijo. Quiso eliminar también a la viuda, que invocó el derecho de asilo en la iglesia. Eutropio la reclamó, pero se encontró frente a frente con el patriarca y tuvo que retroceder.

Cambiaron las cosas. El que había abolido el derecho de asilo cayó en desgracia. La multitud quería asesinarlo. Acude al derecho de asilo. Y ahora es Juan el que sale en su defensa, les calma y consigue el perdón.

La corte tornadiza, que tanto debía al Crisóstomo, ahora se vuelve contra él, por dar gusto a los resentidos y por agradar al patriarca de Alejandría, rival de Constantinopla. Juan no se asusta. No me importa la muerte, grita. Mi vida es Cristo y una ganancia el morir.

Fue desterrado. Un temblor de tierra asustó a la supersticiosa emperatriz Eudosia, considerado como un signo de la cólera divina. Le llaman y vuelve. El Bósforo se iluminó para recibirle. Juan se pone en manos de Dios.

Otra vez es desterrado a la frontera de Armenia, por censurar los lujos y frivolidad de la emperatriz. Sigue predicando en el destierro. Mantiene correspondencia con todas las Iglesias del orbe. Al Papa Inocencio I le dice que su afecto hacia él le consuela de todos los sufrimientos.

Cuando iba a ser trasladado a la costa oriental del Mar Negro, al pie del Cáucaso, al llegar a una ermita del pueblo de Comano, enfermó y agotado expiró. Ha sido llamado el teológo de la Eucaristía y el mejor intérprete de San Pablo. Sus restos reposaron en Constantinopla. Actualmente se hallan en Roma, en la basílica de San Pedro del Vaticano.