Vida de los Santos

nuestros modelos y patrones

El 16 de abril
  

San Benito José Labre

Peregrino
(1748-1783)

San Benito José Labre
San Benito José Labre

En este mundo todos somos peregrinos en el valle de lágrimas: caminamos siempre por el camino seguro de la Religión, en Fe, Esperanza, Caridad, Humildad, Oración, Paciencia y Mortificación cristiana, para llegar a nuestra patria del Paraíso». Esta era una de las máximas preferidas de San Benito José Labre, que corresponden perfectamente a su testimonio de vida. Vivió 35 años, y 13 los pasó como «peregrino» por las calles y caminos. Con razón se le llamó «el vagabundo de Dios» o también «el gitano de Cristo», mejores expresiones que no la de «santo de los piojos» como también se le decía.

Benito José Labre nació en Amettes, cerca de Arras, el 26 de marzo de 1748, primero de 15 hijos de modestos agricultores. Hizo algunos estudios en la escuela del pueblo y un tío materno le dio algunas clases de latín. Inclinado más a la vida contemplativa que al sacerdocio, pidió en vano a los padres que lo dejaran irse de trapense. Sólo a los 18 años pudo hacer la petición de entrada a la cartuja de San Aldegonda, pero el parecer de los monjes fue contrario. El mismo rechazo recibió de los cistercienses de Montagne en Normandía, a donde llegó después de haber recorrido 60 leguas a pie en pleno invierno. Sólo seis semanas permaneció en la Cartuja de Neuville, y un poco más en la abadía cisterciense de Sept-Fons, de la que siempre llevó la túnica y el escapulario de novicio.

A los 22 años tomó la gran decisión: su monasterio sería el camino, y más exactamente las calles de la ciudad de Roma. En el hábito de pobre peregrino llevaba todos sus tesoros: el Nuevo Testamento, la Imitación de Cristo y el breviario que rezaba todos los días; sobre el pecho llevaba un crucifijo, en el cuello una corona, y en las manos una camándula. No comía sino un pedazo de pan y una que otra legumbre; no pedía limosna, y si se la daban, la repartía con los otros pobres, corriendo el riesgo de que el benefactor, pensando que era por descontento, junto con la moneda le proporcionara también una buena paliza (como efectivamente le sucedió un día). Pasaba las noches en las ruinas del Coliseo y durante el día permanecía en oración contemplativa y en peregrinaciones a los varios santuarios: el más querido era el de Loreto.

Murió agotado por las fatigas y por la absoluta falta de higiene el 16 de Abril de 1783, en la trastienda del carnicero Zaccarelli, cerca de la, iglesia de Santa María dei Monti, en donde fue sepultado con asistencia de muchísimo pueblo. Fue canonizado por León XIII en 1881.